hay cámaras afuera, tenemos alarma. No metas miedo donde no existe.
No discutí. Pero tampoco le creí.
Al día siguiente compré una cámara pequeña. La instalé en una esquina del techo del cuarto de Valentina, escondida entre unas estrellitas decorativas. No quería espiar a mi hija. Quería entender por qué cada mañana se despertaba con miedo.
Esa noche leímos un cuento. Valentina se acomodó bajo las cobijas y me agarró la mano.
—Mamá, si me despierto en la orilla, ¿puedo ir a tu cuarto?
Se me rompió algo por dentro.