junto a la cama de Valentina casi un minuto. No la tocó. Solo la miró.
Después sacó algo del bolsillo de su pantalón: una pulserita rosa, como las que ponen en los hospitales a los recién nacidos.
La deslizó debajo de la almohada de mi hija.
Luego se acostó junto a ella.
No se veía como un monstruo. Se veía como un hombre destruido. Se hizo bolita en una esquina del colchón, de espaldas a Valentina, y empezó a llorar en silencio.
Yo me quedé paralizada en el pasillo, con