el celular apretado contra el pecho.
Entonces Valentina, dormida, movió una mano y tocó su brazo.
Rodrigo se quedó rígido.
Mi hija murmuró algo. Subí el volumen.
Su vocecita salió débil, partida por el sueño:
—Papá… ¿ya vino mi hermanita?
Rodrigo se incorporó de golpe.
Yo dejé de respirar.
Él sacó la pulserita de debajo de la almohada, la guardó otra vez en su bolsillo y salió del cuarto sin hacer ruido.
Corrí de regreso a mi cama antes de que llegara. Me acosté de lado, cerré los ojos y