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Ya no se trataba solo de ropa. Se trataba de aceptar que mis necesidades importaban poco cuando chocaban con algo que su hermana quería.
Una llamada a mi suegra
A las 7:18 de la noche hice una llamada que nunca pensé hacer: a mi suegra, doña Graciela. Tiene sesenta y cuatro años, es maestra jubilada y todavía lleva un bolígrafo rojo en la bolsa por costumbre. Siempre fue amable conmigo. Nunca la había metido en un problema entre Rodrigo y yo.
—¿Cómo te sientes, hija? —