contestó con cariño.
—Doña Graciela, pasó algo.
Le conté todo. Ella escuchó sin interrumpirme. Luego hizo la pregunta que ni Rodrigo ni Fernanda se habían molestado en hacer:
—Valentina, ¿les diste permiso de llevarse esa ropa?
—No.
—¿Rodrigo te preguntó antes?
—No.
—¿Fernanda te pidió permiso para venderla?
—No.
Respiró hondo.
—¿Quieres que te ayude a recuperarla?
Cerré los ojos. Por primera vez en el día alguien me preguntaba qué necesitaba.
—Sí. Por favor.
—Mándame capturas de cada anuncio. Luego come algo y descansa.
Se las envié. Y entonces llegó