que me decían exactamente lo que necesitaba escuchar.
Mi teléfono vibró de nuevo.
Un último mensaje.
Esta vez no había fotografías ni amenazas.
Solo una dirección y una hora.
«Mañana, a las ocho de la noche. Si quieres saber qué ocurrió realmente con tu padre, ven a la antigua oficina de Ernesto. Ve sola. Lleva una copia de la carta, pero no la llave».
Debajo aparecía una firma.
Mauricio Ferrer.
Me quedé mirando el mensaje durante largo rato.
Mi esposo me había mentido.
Mi amante imaginaria de una traición que