sé. Y debí hablar contigo antes. No voy a justificarlo.
Aquella respuesta me hizo detenerme.
No intentó inventar una excusa.
No me pidió que confiara en ella.
Simplemente admitió que había fallado.
—¿Qué firmé, Laura?
Mi abogada abrió el expediente y colocó tres documentos frente a mí.
—Hace dieciocho meses firmaste una autorización de administración patrimonial. Ricardo te dijo que era necesaria para consolidar tus inversiones. Pero el documento que se presentó posteriormente ampliaba ciertos poderes y permitía gestionar participaciones del fideicomiso bajo determinadas condiciones.
—¿Y yo firmé eso?
—La