Al volver del funeral vi cómo mi yerno tiraba las cosas de mi hija sin derramar una sola lágrima. Salvé únicamente su chamarra naranja y le dije: “No necesito nada más”. Él y su madre intercambiaron una mirada extraña. Esa madrugada encontré en el bolsillo una nota secreta, y la última frase me hizo entender que mi hija había previsto que algo podía pasarle.

se quedó paralizada.

—¿Tú sabías?

—Sabía que tenía miedo. Empecé a investigar discretamente. Estaba buscando al médico cuando ella murió.

—¿Pudiste haberla salvado?

Ernesto bajó la mirada.

—No lo sé. Y llevo días haciéndome esa misma pregunta.

A la mañana siguiente apareció Beatriz en casa de Teresa con un pastel y una sonrisa triste.

Tomó café con ella, preguntó por su salud y habló de Camila.

Luego, fingiendo casualidad, soltó:

—¿Ayer saliste a algún lado?

La misma pregunta de Mauricio.

Antes de marcharse añadió:

—Si encuentras documentos de Camila, entrégaselos