Al volver del funeral vi cómo mi yerno tiraba las cosas de mi hija sin derramar una sola lágrima. Salvé únicamente su chamarra naranja y le dije: “No necesito nada más”. Él y su madre intercambiaron una mirada extraña. Esa madrugada encontré en el bolsillo una nota secreta, y la última frase me hizo entender que mi hija había previsto que algo podía pasarle.

una simple reflexión.

Pero los tres sabían qué significaba.

Teresa se levantó.

Caminó hacia la ventana.

Era la señal que había acordado con Ernesto.

Abajo, junto a la banqueta, había un automóvil gris.

Treinta segundos después llamaron a la puerta.

Mauricio se puso de pie.

—¿Espera a alguien?

—No.

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Teresa abrió.

Ernesto entró acompañado por dos funcionarios de investigación.

Uno de ellos mostró su identificación y explicó que necesitaban realizar diversas diligencias relacionadas con la muerte de Camila Hernández.

La