Al volver del funeral vi cómo mi yerno tiraba las cosas de mi hija sin derramar una sola lágrima. Salvé únicamente su chamarra naranja y le dije: “No necesito nada más”. Él y su madre intercambiaron una mirada extraña. Esa madrugada encontré en el bolsillo una nota secreta, y la última frase me hizo entender que mi hija había previsto que algo podía pasarle.

Ahora sí Beatriz giró el rostro hacia su hijo.

Mauricio apretó la mandíbula.

—No voy a declarar sin mi abogado.

—No tiene que hacerlo.

Teresa observaba desde la puerta.

No experimentaba satisfacción.

Ni siquiera alivio.

Sólo un cansancio inmenso.

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Ernesto se acercó.

—El doctor se llama Julián Fuentes —le explicó en voz baja—. Admitió que recibió dinero para emitir recetas con información falsa. Dice que Mauricio le aseguró que eran para un tratamiento privado.

—¿Sabía que querían matar a Camila?

—Dice que no.