había devuelto.
Encontró una fotografía de Camila a los siete años, con un vestido amarillo, los ojos cerrados por el sol y una carcajada enorme.
Teresa colocó la foto sobre la mesa.
Ya no quería recordar a su hija dentro de un ataúd.
Quería recordarla hablando a las tres de la mañana sobre animales extraños, comprando chamarras viejas en mercados, escondiendo secretos debajo de pisos de madera y creyendo obstinadamente en su madre.
Durante mucho tiempo Teresa pensó que había sido ella quien había encontrado las pruebas.
Con los meses