una reliquia.
Era simplemente una chamarra vieja.
Con los puños gastados.
Una mancha cerca del bolsillo.
Y una historia que casi terminó en la basura.
Teresa apagó la luz.
Antes de entrar a su habitación volvió la cabeza hacia la silla.
—Cumplí, Cami —susurró—. Tú no alcanzaste a contarlo… pero yo sí.
Y por primera vez desde el funeral, el silencio de la casa no le pareció vacío.
Le pareció paz.
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—¿Quién?
—Un abogado.
Mauricio cruzó las manos.
—¿Para qué necesita un abogado?
La