Al volver del funeral vi cómo mi yerno tiraba las cosas de mi hija sin derramar una sola lágrima. Salvé únicamente su chamarra naranja y le dije: “No necesito nada más”. Él y su madre intercambiaron una mirada extraña. Esa madrugada encontré en el bolsillo una nota secreta, y la última frase me hizo entender que mi hija había previsto que algo podía pasarle.

inmediatamente.

Era la vieja chamarra favorita de Camila.

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—Me la llevo.

Beatriz se acercó.

—Ay, Teresa, está viejísima. Mauricio puede comprarte algo bonito si quieres conservar un recuerdo.

—No quiero algo bonito. Quiero la chamarra de mi hija.

Mauricio y su madre se miraron.

Fue menos de un segundo.

Pero Teresa lo vio.

No fue una mirada de fastidio.

Fue miedo.

—Llévesela —dijo finalmente Mauricio.

Aquella noche Teresa llegó a su departamento en Coyoacán abrazando la chamarra como si todavía pudiera encontrar dentro