—No.
Ernesto la miró.
—El juicio sí. Lo demás no termina.
Él entendió.
Unos meses más tarde, Teresa regresó sola a la casa de Huitzilac.
Era primavera.
Los árboles estaban verdes y el aire olía a tierra mojada.
Abrió la puerta, caminó hasta la habitación del escondite y levantó nuevamente la tercera tabla.
La lata ya no estaba allí. Era parte del expediente y probablemente terminaría guardada durante años en algún archivo.
Pero Teresa se sentó en el mismo lugar.
Llevaba puesta la chamarra naranja.
Sacó del bolsillo una copia