Camila tenía quince años, ella y Teresa habían pasado allí tres días después de una fuerte discusión familiar. Sin internet, cocinando quesadillas sobre un comal viejo y leyendo juntas mientras llovía.
En una habitación habían descubierto una tabla suelta.
Debajo, Camila encontró una antigua lata de té.
—Éste será nuestro escondite para las cosas realmente importantes —había dicho.
Teresa salió esa misma mañana sin avisar a nadie.
Tomó un autobús hacia Cuernavaca y después transporte hasta el pequeño poblado. Durante todo el trayecto tuvo la sensación de que alguien la