Al volver del funeral vi cómo mi yerno tiraba las cosas de mi hija sin derramar una sola lágrima. Salvé únicamente su chamarra naranja y le dije: “No necesito nada más”. Él y su madre intercambiaron una mirada extraña. Esa madrugada encontré en el bolsillo una nota secreta, y la última frase me hizo entender que mi hija había previsto que algo podía pasarle.

Camila tenía quince años, ella y Teresa habían pasado allí tres días después de una fuerte discusión familiar. Sin internet, cocinando quesadillas sobre un comal viejo y leyendo juntas mientras llovía.

En una habitación habían descubierto una tabla suelta.

Debajo, Camila encontró una antigua lata de té.

—Éste será nuestro escondite para las cosas realmente importantes —había dicho.

Teresa salió esa misma mañana sin avisar a nadie.

Tomó un autobús hacia Cuernavaca y después transporte hasta el pequeño poblado. Durante todo el trayecto tuvo la sensación de que alguien la