Mi madrastra me llevó a conocer a un hombre de una familia que llevaba años describiéndome como orgullosa y cruel, segura de que aquel matrimonio sería mi castigo. Decidí arruinar el encuentro fingiendo ser torpe, malhumorada y pésima para todo, pero él no se molestó: me miró y dijo que hacía tiempo nadie era tan sincero con él. 3 días después llegó una nota suya pidiendo permiso para visitarme, y ahora debía enfrentar el noviazgo que yo misma había intentado impedir.

PARTE 1

—Ponte este vestido y no me hagas pasar vergüenzas. Hoy vas a conocer al hombre con el que te conviene casarte.

Mi madrastra dejó el vestido floreado sobre mi cama como si estuviera aventando un costal. Yo tenía 21 años y llevaba 3 viviendo bajo sus órdenes en un pueblo de Los Altos de Jalisco, desde que mi padre murió después de una larga enfermedad. Conocía esa sonrisa de doña Ofelia: cuando la usaba, alguien terminaba humillado. Aquella mañana me tocaba a mí, y ella parecía disfrutarlo de