verdad.
—¿Quién es? —pregunté.
—Tomás Robles, el hijo de don Eusebio. Ya sabes cómo son esos Robles: orgullosos, duros, con dinero y sin corazón. Pero a ti no te sobran opciones.
Desde niña la había oído hablar pestes de esa familia. Decía que trataban a los peones como animales, que su casa parecía bonita por fuera y amarga por dentro. Por eso entendí su intención: quería deshacerse de mí y, de paso, verme atrapada con la gente que más despreciaba.
Me vestí, pero hice una promesa frente al espejo: si