Mi madrastra me llevó a conocer a un hombre de una familia que llevaba años describiéndome como orgullosa y cruel, segura de que aquel matrimonio sería mi castigo. Decidí arruinar el encuentro fingiendo ser torpe, malhumorada y pésima para todo, pero él no se molestó: me miró y dijo que hacía tiempo nadie era tan sincero con él. 3 días después llegó una nota suya pidiendo permiso para visitarme, y ahora debía enfrentar el noviazgo que yo misma había intentado impedir.

verdad.

—¿Quién es? —pregunté.

—Tomás Robles, el hijo de don Eusebio. Ya sabes cómo son esos Robles: orgullosos, duros, con dinero y sin corazón. Pero a ti no te sobran opciones.

Desde niña la había oído hablar pestes de esa familia. Decía que trataban a los peones como animales, que su casa parecía bonita por fuera y amarga por dentro. Por eso entendí su intención: quería deshacerse de mí y, de paso, verme atrapada con la gente que más despreciaba.

Me vestí, pero hice una promesa frente al espejo: si