Mi madrastra me llevó a conocer a un hombre de una familia que llevaba años describiéndome como orgullosa y cruel, segura de que aquel matrimonio sería mi castigo. Decidí arruinar el encuentro fingiendo ser torpe, malhumorada y pésima para todo, pero él no se molestó: me miró y dijo que hacía tiempo nadie era tan sincero con él. 3 días después llegó una nota suya pidiendo permiso para visitarme, y ahora debía enfrentar el noviazgo que yo misma había intentado impedir.

Tomás esperaba una muchacha dócil, hacendosa y agradecida, iba a conocer exactamente lo contrario.

La camioneta de un vecino nos dejó frente a una finca cerca de Tepatitlán. Yo esperaba una casona presumida. Encontré una casa de muros blancos, macetas de barro, gallinas bajo una bugambilia y olor a café de olla.

Doña Mercedes, la madre de Tomás, nos recibió con delantal y manos enharinadas. Después apareció él: 28 años, sombrero en la mano, botas con tierra y una forma de mirar que no tenía nada de altanera.

Ofelia empezó