Tomás esperaba una muchacha dócil, hacendosa y agradecida, iba a conocer exactamente lo contrario.
La camioneta de un vecino nos dejó frente a una finca cerca de Tepatitlán. Yo esperaba una casona presumida. Encontré una casa de muros blancos, macetas de barro, gallinas bajo una bugambilia y olor a café de olla.
Doña Mercedes, la madre de Tomás, nos recibió con delantal y manos enharinadas. Después apareció él: 28 años, sombrero en la mano, botas con tierra y una forma de mirar que no tenía nada de altanera.
Ofelia empezó