Mi madrastra me llevó a conocer a un hombre de una familia que llevaba años describiéndome como orgullosa y cruel, segura de que aquel matrimonio sería mi castigo. Decidí arruinar el encuentro fingiendo ser torpe, malhumorada y pésima para todo, pero él no se molestó: me miró y dijo que hacía tiempo nadie era tan sincero con él. 3 días después llegó una nota suya pidiendo permiso para visitarme, y ahora debía enfrentar el noviazgo que yo misma había intentado impedir.

hacer lo que pudiste no vuelve correcto todo lo que hiciste.

No hubo abrazo ni una reconciliación perfecta.

Antes de irse, sacó de su bolsa un dedal de metal. Era de mi padre, del costurero que usaba para remendar sus camisas.

—Esto era suyo. Debió ser tuyo desde hace mucho.

Lo dejó sobre la mesa.

Ese fue su modo de devolverme algo que había retenido demasiado tiempo.

Años después, mis hijos me preguntaban por ese dedal. Yo no les hablaba de villanos y santos, sino de personas orgullosas, heridas, generosas