Mi madrastra me llevó a conocer a un hombre de una familia que llevaba años describiéndome como orgullosa y cruel, segura de que aquel matrimonio sería mi castigo. Decidí arruinar el encuentro fingiendo ser torpe, malhumorada y pésima para todo, pero él no se molestó: me miró y dijo que hacía tiempo nadie era tan sincero con él. 3 días después llegó una nota suya pidiendo permiso para visitarme, y ahora debía enfrentar el noviazgo que yo misma había intentado impedir.

estaba el viejo recibo de las medicinas de mi padre, enmarcado.

—¿Todavía guardas eso?

—Sí.

—Yo lo habría quemado.

—Por eso lo guardé.

Dejé las tijeras.

—Tú me trajiste aquí para que me sintiera poca cosa. Salió al revés. No porque los Robles me salvaran, sino porque aquí aprendí que aceptar ayuda no me quita dignidad y que querer a alguien no significa darle el derecho a decidir por mí.

Por primera vez vi cansancio en su cara, no enojo.

—Yo también hice lo que pude —murmuró.

—Lo sé. Pero