estaba el viejo recibo de las medicinas de mi padre, enmarcado.
—¿Todavía guardas eso?
—Sí.
—Yo lo habría quemado.
—Por eso lo guardé.
Dejé las tijeras.
—Tú me trajiste aquí para que me sintiera poca cosa. Salió al revés. No porque los Robles me salvaran, sino porque aquí aprendí que aceptar ayuda no me quita dignidad y que querer a alguien no significa darle el derecho a decidir por mí.
Por primera vez vi cansancio en su cara, no enojo.
—Yo también hice lo que pude —murmuró.
—Lo sé. Pero