a las enfermeras, gritaba por cualquier cosa y trataba a los pacientes de escasos recursos como si fueran basura. Todos le tenían pavor, incluyéndome. Yo solo agachaba la cabeza y limpiaba.
Pero hay límites que ninguna persona decente puede tolerar.
Una noche lluviosa de quincena, las puertas de urgencias se abrieron de golpe. Dos paramédicos entraron corriendo con una camilla. Sobre ella, un anciano empapado, con la ropa sucia, destrozada y cubierta de sangre. Había sido atropellado en la carretera. No traía identificación.
—¡Traumatismo severo, hemorragia interna! ¡Necesitamos sangre O