“¡Están despedidas por desobedecer mis órdenes y salvar a un don nadie!”, gritaba el jefe del hospital furioso al descubrir que me había arriesgado a hacer una transfusión directa con mi propia sangre para salvar a un anciano sin papeles al que él había condenado a morir, sin saber que ese abuelo era el padre del hombre más poderoso de la ciudad, quien llegó minutos después con una carpeta de documentos legales para destruir al médico y pedirme matrimonio.

Sus ojos estaban inyectados de sangre, como si no hubiera dormido en días.

—Me llamaron hace media hora del Ministerio Público —dijo Mendoza, con la voz quebrada por una angustia que no intentó ocultar—. Me dijeron que encontraron a un hombre mayor, atropellado, que coincidía con la descripción de mi padre. Él sufre de Alzheimer… salió de nuestra casa ayer en la tarde y se perdió. Díganme la verdad, ¿está vivo?

Lupita, temblando, señaló la camilla donde el anciano descansaba.

—Sí, señor Mendoza. Está vivo. Sufrimos mucho, pero se salvó