“¡Están despedidas por desobedecer mis órdenes y salvar a un don nadie!”, gritaba el jefe del hospital furioso al descubrir que me había arriesgado a hacer una transfusión directa con mi propia sangre para salvar a un anciano sin papeles al que él había condenado a morir, sin saber que ese abuelo era el padre del hombre más poderoso de la ciudad, quien llegó minutos después con una carpeta de documentos legales para destruir al médico y pedirme matrimonio.

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El hospital olía a cloro barato, medicinas y a la sopa desabrida que repartían en los pabellones. Mi cabeza era un martilleo constante, un eco infinito del momento de la explosión. Cuando abrí los ojos, lo primero que busqué fue a Alejandro. Pensé que estaría muerto. Pensé que era viuda. Pero no.

Entró a la habitación con un yeso en el brazo y un vendaje en la cabeza. Había logrado saltar del auto milisegundos después del chispazo inicial, salvando su vida a costa de dejarme atrás. Intenté preguntarle si