El día que mi esposo me em-pu-jó em-ba-razada, dejé de esperar que algún día me amara

cuánto había esperado a Adrian.

—Entiendo.

Antes de colgar dijo:

—Cuídese mucho.

Casi lloré otra vez.

5. El abogado
El hombre de la tarjeta se llamaba Julian Shaw.

Especialista en divorcios patrimoniales.

Su oficina estaba en el piso treinta y dos de un edificio del centro.

Entré con gafas oscuras.

Julian revisó los documentos.

—Tres años de matrimonio.

—Sí.

—No hay hijos.

Me quedé quieta.

—No reconocidos legalmente todavía.

Levantó la mirada.

—¿Está embarazada?

—Sí.

—¿Su esposo lo sabe?

—No.

—¿Quiere que lo sepa?

—No todavía.

Julian dejó el bolígrafo.