El día que mi esposo me em-pu-jó em-ba-razada, dejé de esperar que algún día me amara

cerrar.

Puso una mano.

—¿Dónde estuviste?

—No te importa.

—Soy tu esposo.

—Temporalmente.

Su expresión cambió.

—¿Hay otro hombre?

Me quedé mirándolo.

—Qué interesante.

—Responde.

—No.

—¿Daniel?

—No.

—Te llevó al hospital.

—Sí.

—¿Cómo sabes que sé eso?

Silencio.

Había investigado.

—Me estás siguiendo.

—Estaba preocupado.

—No preguntaste cómo estaba.

Adrian se quedó inmóvil.

—¿Qué?

—Entraste y preguntaste por Daniel.

No por mi salud.

—Evelyn…

—Vete.

—No hemos terminado.

—Yo sí.

Cerré.

9. La reacción que no esperaba
Esa noche Adrian llamó cuarenta veces.

No contesté.

Luego mensajes.

“Vamos a