sin volver a vivir.
41. Epílogo
A veces pienso en la mujer que fui a los veintisiete.
Sentada sola en una cama.
Mirando a su esposo dormir.
Convencida de que tres años no eran suficientes.
Que quizá cinco sí.
O diez.
Que la paciencia podía convertir indiferencia en amor.
Que aguantar era una inversión.
Que si daba suficiente, un día recibiría.
Me gustaría sentarme frente a ella.
No decirle que Adrian era un monstruo.
No lo era.
Esa sería una mentira demasiado simple.
Adrian era un hombre capaz de actos