Perdí mi trabajo y nadie respondió; diez minutos después todos celebraban el ascenso de mi mejor amiga

haber entendido.

La tercera semana cometí un error en una proyección de costes.

No grave.

Pero sí suficiente para hacerme pasar una noche entera revisando hojas de cálculo.

A las once llamé a Laura.

—Creo que me van a despedir otra vez.

Se rio.

—No.

—He equivocado el modelo.

—Lo corregiste.

—Pero…

—Elena.

—¿Qué?

—En tu antiguo trabajo te enseñaron que equivocarte era fracasar. Aquí equivocarte significa corregir y seguir.

Guardé silencio.

—Vete a dormir.

—No puedo.

—Entonces toma vino.

—Gran política empresarial.

—Funciona.

Colgamos.

Lloré un poco.

No por