haber entendido.
La tercera semana cometí un error en una proyección de costes.
No grave.
Pero sí suficiente para hacerme pasar una noche entera revisando hojas de cálculo.
A las once llamé a Laura.
—Creo que me van a despedir otra vez.
Se rio.
—No.
—He equivocado el modelo.
—Lo corregiste.
—Pero…
—Elena.
—¿Qué?
—En tu antiguo trabajo te enseñaron que equivocarte era fracasar. Aquí equivocarte significa corregir y seguir.
Guardé silencio.
—Vete a dormir.
—No puedo.
—Entonces toma vino.
—Gran política empresarial.
—Funciona.
Colgamos.
Lloré un poco.
No por