Perdí mi trabajo y nadie respondió; diez minutos después todos celebraban el ascenso de mi mejor amiga

una punzada.

No alivio.

No satisfacción.

Solo tristeza.

—Ya pasó.

—No. Pasó para ti. Nosotros recién lo estamos entendiendo.

Lo miré.

—No necesitas castigarte.

—Tampoco quiero que pienses que no nos importabas.

—Gabriel…

—Nos importabas.

—Lo sé.

—Entonces ¿por qué te fuiste sin decir nada?

Sonreí con tristeza.

—Porque cada vez que decía algo, nadie escuchaba.

No supo qué responder.

Antes de irnos, me abrazó.

—Feliz Navidad.

—Igualmente.

—¿Puedo escribirte?

—Sí.

—¿Vas a contestar?

—Depende de lo que escribas.

Se rio.

Fue la primera interacción con alguien del grupo que