Perdí mi trabajo y nadie respondió; diez minutos después todos celebraban el ascenso de mi mejor amiga

era el problema.

—No puedes esperar que adivinemos.

—Escribí literalmente: “Me despidieron, ¿podéis consolarme un poco?”

Bruno bajó la mirada.

—Vale.

—Y nadie respondió.

—Eso fue horrible.

—Sí.

—Pero no fue intencionado.

—Nunca digo que lo fuera.

—Entonces sigo sin entender por qué todo tiene que acabarse.

Respiré.

—Bruno, si pisas a alguien sin querer, sigue doliéndole el pie.

Se quedó callado.

—No necesito que seas malo para decidir que una relación me hace daño.

Aquello lo hizo pensar.

—Te echo de menos.

—Yo también.

—¿Entonces?

—Entonces te echo de