embargo, cinco días después sonó su teléfono.
Al otro lado de la línea estaba el hijo mayor del anciano. Su voz era completamente distinta a la que había escuchado durante el desalojo.
—¡Ven urgente! —le pidió casi sin
darle tiempo a responder.
María dudó unos segundos. Lo primero que pensó fue que finalmente habían comprendido que habían actuado de manera injusta y que deseaban entregarle el dinero que le correspondía. Incluso llegó a imaginar que querían disculparse.
Pero al llegar encontró un ambiente completamente diferente.