detenía.
Porque la sede de ese año era la misma universidad privada donde Mariana estudiaba con el dinero que a mí me negaron.
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La profesora Robles no me trató como víctima. Me trató como candidato. Eso me salvó. Me exigió más que nadie. Me devolvía ensayos llenos de marcas rojas, me hacía repetir exposiciones, me obligaba a hablar sin agachar la mirada. “Si tú no defiendes tu lugar, alguien con menos mérito lo ocupará sin pedir perdón”, me decía.
Durante 3 años viví al límite.