mañana.
—¿Por qué no nos dijiste? —preguntó él, con la voz rota.
Lo miré sin odio.
—¿Cuándo me preguntaron?
Nadie respondió.
Mi mamá intentó abrazarme, pero se detuvo antes de tocarme.
—Hija, perdón. Nosotros no sabíamos que la estabas pasando tan mal.
—Sí sabían —dije despacio—. Sabían que no me dieron apoyo. Sabían que me dejaron sola. Lo que no sabían era que podía lograrlo sin ustedes.
Mariana apareció detrás de ellos. Ya no llevaba esa seguridad brillante de siempre. Tenía los ojos rojos y el ramo de flores colgando