médicas independientes, revisó los registros notariales y comenzó a reunir pruebas para proteger mi patrimonio.
Mientras tanto, yo debía fingir que desconocía todo.
El jueves siguiente, Fabián apareció en casa con la famosa carpeta azul.
Entre los documentos había una autorización amplia y una promesa de compraventa por un millón novecientos mil pesos.
Mi casa valía más de tres millones.
—Nada más firme aquí, doñita —dijo aquel hombre con una sonrisa insoportable.
Le respondí que necesitaba llevar los documentos a revisión porque me temblaba la mano.
Patricia perdió la paciencia.