a sonar mi teléfono.
Era Patricia.
No contesté.
Volvió a llamar.
Después apareció el nombre de Ricardo.
Esta vez respondí.
—Mamá… —dijo entre sollozos—. ¿Es verdad lo de Patricia y Fabián?
—Pregúntaselo a ella, hijo.
—Dime que es mentira. Por favor.
Me detuve bajo la sombra de un árbol.
—Ricardo, yo habría dado mi vida por protegerte. Pero tú estabas dispuesto a destruir la mía para pagar tus deudas.
Al otro lado escuché su respiración entrecortada.
—Mamá, perdóname.
—Todavía no. Primero recoge mi ropa de la basura.
Colgué.
Cuando llegué