a la esquina de mi calle, encontré el bote vacío.
Mi abrigo estaba colgado cuidadosamente sobre la reja.
Y frente a la casa había un automóvil negro.
Fabián había llegado.
No entré sola.
Llamé a don Manuel y a Gabriela. Los tres cruzamos la puerta juntos.
Patricia estaba sentada en la sala, furiosa. Fabián caminaba de un lado a otro.
Ricardo permanecía en el sofá, con el celular entre las manos.
—¡Usted grabó conversaciones privadas! —me gritó Fabián—. ¡La voy a demandar!
Gabriela dio un paso adelante.
—Mi clienta ha