mientras su familia la humillaba, tengo que contar lo que sucedió tres semanas antes.
Todo comenzó un martes, poco después de medianoche.
Mi hijo Ricardo, de 43 años, vivía conmigo desde hacía once meses, acompañado de Patricia y de su hija Sofía, de dieciséis.
Habían llegado después del fallecimiento de mi esposo, Julián.
—No queremos que estés solita, mamá —me aseguró Ricardo—. Nosotros vamos a cuidarte.
Al principio les creí.
Después comenzaron las pequeñas humillaciones.
Patricia decidía qué podía cocinar, quién podía visitarme y hasta qué programas podía ver en