Mi hijo me mandó una foto de mis pertenencias en la basura y escribió: “Esa casa ya no es para ti, mamá”. Mi nuera llevaba semanas presionándome para firmar unos documentos, pero ninguno sabía que mi esposo había dejado una carta y un testamento. Mientras pagaba mis compras, le envié a ella un video de 36 segundos. Apenas lo vio, entendió que no solo podía perder la casa que pretendía quedarse…

la televisión.

Ricardo revisaba mis estados de cuenta diciendo que los trámites bancarios eran demasiado complicados para alguien de mi edad.

Una noche me levanté a tomar agua y escuché a Patricia hablando por teléfono.

—No te preocupes. La señora firma cualquier cosa si Ricardo se lo pide. Ni siquiera lee los documentos.

Me quedé inmóvil en el pasillo.

—Cuando tengamos la escritura arreglada, lo demás será facilísimo —continuó—. Ya sabes dónde vamos a mandarla.

Regresé silenciosamente a mi habitación.

A la mañana siguiente, Patricia apareció con una carpeta azul.