a las apuestas, reconocer todas sus deudas y devolverme cada peso que había tomado, aunque necesitara años.
Además, tendría que afrontar las consecuencias de su participación en el intento de fraude.
Ricardo aceptó.
Esa noche, sentado a la mesa donde Julián desayunaba todas las mañanas, confesó que debía doscientos ochenta mil pesos.
Había comenzado apostando partidos de futbol. Después llegaron los préstamos, los intereses y las mentiras.
—Patricia decía que tú estarías mejor en una residencia —admitió—. Me convenció de que vender la casa resolvería todo.
—¿Y tú le creíste?