grupo de apoyo.
Nadie salió mágicamente libre de consecuencias.
Yo tampoco recuperé inmediatamente la confianza.
Pero una mañana don Manuel apareció con la pequeña llave de latón que Julián había dejado.
—Creo que ya es momento de descubrir para qué sirve, Elena.
La etiqueta atada a la llave tenía una dirección del centro de Guadalajara.
La reconocí enseguida.
Era la antigua panadería La Espiga Dorada, donde Julián había trabajado cuando éramos jóvenes.
Años atrás había cerrado.
Lo que yo ignoraba era que mi esposo la había comprado nuevamente poco antes