de enfermar.
Fuimos los cuatro: don Manuel, Ricardo, Sofía y yo.
El local tenía las cortinas metálicas cubiertas de polvo.
Cuando abrimos, todavía estaban los hornos, el mostrador de mármol y las viejas repisas de madera.
Sobre una mesa había una caja con mi nombre.
Dentro encontramos documentos de propiedad, instrucciones para la sucesión y una carta.
Julián me había dejado aquella panadería como parte de su herencia, además de reservar dinero para reparaciones.
Gabriela confirmó después que podríamos formalizar la transmisión conforme al testamento.
Abrí la carta.
«Mi Elena: