impedir que Sofía siga hablándome.
La miré con serenidad.
—Sofía tiene derecho a querer a su madre. Pero recuperar su confianza depende de usted, Patricia. No de mí.
Se despidió llorando.
No la abracé.
Todavía no podía hacerlo.
Comprendí que perdonar no significa permitir que alguien vuelva a lastimarte.
El sábado siguiente, a las ocho de la mañana, don Manuel encendió el horno.
El aroma del pan recién hecho comenzó a recorrer la calle.
Afuera se formó una fila de vecinos.
Sofía me llevó hasta la fachada cubierta con una