Mi hijo congeló todas mis tarjetas para que ni siquiera pudiera comprar comida… Pensó que ya controlaba nuestro imperio automotriz de 720 millones de pesos, hasta que una llamada del banco me reveló que él no tenía idea de quién seguía teniendo la última llave.

donde Alejandro afirmaba que yo estaba “deteriorada mentalmente”.

Solté una risa seca.

“¿Mi hijo dijo que estoy loca?”

Ricardo no sonrió.

“Dijo que usted hacía compras impulsivas, que olvidaba pagos y que él actuaba para protegerla.”

Compras impulsivas.

Esa misma mañana me había dejado sin poder comprar comida.

Pedí llamar a mi abogada. No a la del grupo. No a la que Alejandro llevaba a las juntas. A la mía.

Marina Robles había sido amiga de Tomás desde que los dos no tenían ni para pagar un café decente. Era