Tomás me estaba salvando.
Ricardo me pidió ir de inmediato a la sucursal patrimonial en Polanco. También me dijo algo que me heló la espalda.
“No regrese a la casa de su hijo. Y no firme nada.”
Manejé sin mirar atrás.
En el banco me recibió en una sala privada. Sobre la mesa puso una carpeta gruesa. No parecía un error. Parecía una operación.
Había solicitudes de transferencia, correos de abogados que yo no conocía, intentos de cambio de firma, autorizaciones hechas con copias de mi identificación y reportes internos