frío en la nuca.
No era solo mi hijo tratando de controlarme.
Era una familia entera rodeando lo que Tomás y yo habíamos construido.
Entonces Ricardo recibió una llamada, salió un momento y regresó con la cara tensa.
“Señora Beltrán, acaban de intentar entrar otra vez al fideicomiso.”
“¿Desde dónde?”
Miró la pantalla.
“Desde la computadora ejecutiva de su hijo, en la oficina principal del grupo.”
Marina se levantó despacio.
“Perfecto”, dijo. “Que siga intentando. Ahora sí nos está dejando huellas.”
Y por primera vez en todo el día, entendí