Mi hijo congeló todas mis tarjetas para que ni siquiera pudiera comprar comida… Pensó que ya controlaba nuestro imperio automotriz de 720 millones de pesos, hasta que una llamada del banco me reveló que él no tenía idea de quién seguía teniendo la última llave.

“Eso fue aprobado. Todo fue aprobado.”

Don Ernesto, que había trabajado con Tomás desde la primera agencia, bajó la mirada.

“No por el consejo completo.”

Yo sentí algo romperse y acomodarse al mismo tiempo.

Durante años me hicieron creer que ya no entendía el negocio, que las juntas eran demasiado largas, que debía descansar, viajar, disfrutar a los nietos. Me fueron sacando poco a poco, con sonrisas y frases dulces.