manos.
La harina se sacude.
El polvo se limpia.
Las manchas de la ropa se van.
Pero las palabras que humillan pueden quedarse mucho tiempo dentro de una persona.
Por eso, en mi panadería, todos son bienvenidos mientras entren con educación.
Con traje o con botas.
Con manos suaves o manos rotas.
Porque la verdadera limpieza no siempre está en la ropa.
A veces está en la manera de mirar a los demás.
Y la verdadera elegancia no se compra.
Se lleva en el corazón.
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