una puerta vieja abrirse sin chirriar.
Meses después, llegó el invierno.
El frío en Valladolid entra por debajo de las puertas y se queda en los huesos.
Yo abría igual, temprano, con la bufanda al cuello y las manos cerca del horno.
Una mañana, cuando levanté la persiana, encontré algo pegado en el cristal.
Era una cartulina.
No sabía quién la había puesto.
Decía:
“Gracias por tratarnos como personas, no como apariencias.”
No tenía firma.
La despegué con cuidado.
La puse junto a los dibujos de Lucía.
Luego encendí las