No grité.
No golpeé el mostrador.
No hice ninguna escena.
Solo respiré hondo y dije:
—Lo siento, señora, pero hoy no puedo atenderla.
Abrió los ojos como si no entendiera el idioma.
—¿Perdón?
—Que hoy no puedo venderle nada.
Su cara cambió de golpe.
—Esto es una falta de respeto.
Asentí despacio.
—No, señora. Falta de respeto es humillar a un hombre por venir de trabajar. Falta de respeto es entrar en una panadería y creer que la dignidad depende de unos zapatos limpios.
Nadie se movió.
La mujer apretó