el bolso contra su cuerpo.
—No pienso volver.
Yo le contesté:
—Eso ya es decisión suya. Pero aquí dentro se puede entrar con polvo en la ropa. Lo que no acepto es entrar con desprecio en la boca.
Se quedó unos segundos mirándome, indignada.
Después se dio la vuelta y salió.
La campanita de la puerta sonó como siempre, pero aquel día pareció sonar distinto.
Miguel seguía allí.
Sujetaba la bolsa con las dos porciones como si no supiera qué hacer con ella.
—Andrés, no hacía falta.
Continua en la