A los 56 años vi a mi esposo salir de un motel abrazando a mi nuera

y pensaste en la empresa.

—Porque sé cómo eres cuando estás enfadada.

—Acabas de decir que contigo nunca se puede hablar y ahora resulta que sabes exactamente cómo soy.

Ricardo tomó su chaqueta.

—Mañana, cuando estés más tranquila, hablaremos.

—No vuelvas sin avisar.

—Teresa.

—Y no borres nada.

Se quedó inmóvil.

—¿Qué?

—Mensajes. Correos. Archivos de la empresa.

Vi otra vez el miedo.

Más claro.

—No sé de qué estás hablando.

—Perfecto.

Abrí la puerta.

—Entonces no tendrás nada que ocultar.

Ricardo salió.

No dio un portazo.

Nunca le gustaban